En el libro de Isaías, Dios nuestro Señor dice:
“Porque lo dice el excelso y sublime, el que vive para siempre, cuyo nombre es santo: Yo habito en un lugar santo y sublime, pero también con el contrito y humilde de espíritu…” (Isaías 57:15)
Para mí, esto es increíblemente hermoso. Dios es descrito como Excelso y Sublime, muy por encima de nosotros, más allá del tiempo. Y, sin embargo, al mismo tiempo, Dios habita con los humildes y afligidos. Dios está a la vez más allá de nosotros y cerca de nosotros.
Necesitamos tener presentes estas dos verdades. Necesitamos a un Salvador que es más de lo que podemos ver o tocar, uno que trascienda nuestras limitaciones, que nos recuerde que no somos el centro del universo. Sin embargo, también necesitamos un Salvador que está presente con nosotros en nuestro dolor, que nos conozca, nos acompañe y nos abrace.
El Salmo 34 nos recuerda que “Dios está cerca de los quebrantados de corazón.” Pero, Salmo 61 dice: “Llévame a una roca donde esté yo a salvo.”
Nuestra oración de hoy fue escrita por el Rev. Roger Kunkel, q.e.p.d., fundador de Dial Hope (Digita Esperanza).
Oremos: Amado Dios, vienes a nosotros con ternura de terciopelo y sorprendente fuerza en tu Hijo, Jesús el Cristo, cuyo amor incondicional grita tan claramente como el llamado de un somorgujo a través de un lago tranquilo a media noche. Dios de canto y de espíritu, a medida que te alabamos por el día trascendental, háblanos en la sinfonía del sonido, la esperanza de la armonía, la cadencia de la gracia. En el nombre de Jesús. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!
Todos sufrimos de vez en cuando. Es algo muy real en la vida, ¿verdad? Y cuando nos toca a nosotros, es tentador intentar evitarlo, o incluso negarlo por completo. Intentamos protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos.
Hace varios años, visité a unos amigos. Ella estaba en las primeras etapas del Alzheimer y comenzaba a perder la memoria. Ella me dijo: “Joe, lo más difícil de todo esto es que mis amigos han dejado de llamarme. Quizás tengan miedo. Quizás no sepan qué decir. Pero, sinceramente, no me importa lo que digan, simplemente no quiero perderlos.”
Por otro lado, conozco gente que, cuando atraviesan momentos difíciles, se aíslan de los demás. Se encierran en sí mismos y sufren en silencio.
La ironía reside en esto: justo cuando más nos necesitan, o cuando más necesitamos a los demás, solemos huir de aquello que nos hace más humanos. El sufrimiento, la vulnerabilidad y las necesidades compartidas son la esencia de nuestra humanidad común. Trasciende la raza, la clase social y el estatus. Nos conectan profundamente.
Jesús dijo una vez:
“Porque el que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.” (Mateo 16:25)
Parte de lo que Jesús enseñó es que el mayor significado, alegría y esperanza provienen de entregar nuestras vidas por el bien de los demás, ayudándonos, sirviéndonos y acompañándonos unos a otros en los momentos más difíciles.
Así que hoy, que tengas a tu alrededor personas dispuestas a compartir tu dolor. Y que tú estés dispuesto a acompañarlas a través de su dolor.
Oremos: Dios de la Esperanza, aun cuando atravesamos el valle de la sombra de la muerte, tú estás con nosotros. Ayúdanos a vivir conforme a esa promesa y a compartirla con los demás. En el nombre de Cristo. Amén.
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Hace poco escuché a un pastor hablando de la frecuencia con la que las personas dicen que se sienten bendecidas. Todos decían cosas como: “No sé qué hice para merecer esta buena vida – incluso de haber nacido en este gran país - ¡Qué bendición! ¿Por qué yo tengo tanto y otros tan poco?”
Y el pastor respondió: “Bueno, te ha sido dada una asignación. Se te ha dado la misión de utilizar lo que tienes para bendecir a los demás…”
Todos tenemos momentos que nos impulsan a hacer una pausa y reflexionar sobre nuestras vidas. La fe no solo nos bendice, sino que también nos llama. Nos invita a aspirar a algo más grande. Y plantea la pregunta: ¿Cómo se transmiten a través de mí las bendiciones que he recibido? ¿Cómo están afectando las ondas de mi vida a las personas que me rodean, mi familia, mis vecinos, mi iglesia?
¿Qué legado estoy dejando?
Ya en el libro de Génesis, Dios le dice a Abraham:
“Te bendeciré. Y, por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra.” (Génesis 12:2-3)
Tú y yo formamos parte de esta gran tradición.
Oremos: Dios amoroso, encuéntranos hoy en el punto más profundo de nuestra necesidad. Te pedimos tu sanación, tu misericordia, tu paciencia y tu paz. E incluso mientras estamos siendo sanados, que a su vez encontremos formas de responder bendiciendo a otras personas. Recordamos hoy que es en efecto en el dar que recibimos. En el nombre de Cristo. Amén.
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En el libro de Hebreos leemos:
“Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante…” (Hebreos 12:1)
Me encanta esta imagen: estar rodeados de una multitud tan grande de testigos. La palabra «testigo» en sí misma está cargada de significado. En la meditación, practicamos la observación de nuestros pensamientos y nuestra respiración. En el ámbito legal, un testigo sirve como prueba de que algo sucedió.
Un pastor que conozco me contó una vez que, de adolescente, luchó contra el racismo. “Así crecí”, dijo. “Hice y dije cosas de las que no me enorgullezco.” Pero hoy dirige un ministerio centrado en la reconciliación racial y la justicia. Su vida es evidencia de ello, evidencia de la gracia de Dios.
Un testigo es alguien que ha visto algo y habla de ello. Alguien que ha experimentado la sanación de Dios y comparte su historia. Y lo maravilloso es que todos tenemos la capacidad de dar testimonio: de compartir, animar e inspirar a través de nuestras historias y experiencias.
La Epístola a los Hebreos nos recuerda que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos – personas tocadas por la gracia de Dios, personas que han superado momentos difíciles y salieron fortalecidas. Su presencia nos anima y nos da fuerzas.
Hoy, tómate un momento para reflexionar:
¿Quiénes son los testigos que te rodean?
¿Qué has visto?
¿Cómo ha tocado la gracia de Dios tu vida?
¿Qué historia tienes para contar?
Oremos: Dios misericordioso, gracias por las personas que nos inspiran, nos animan y sacan lo mejor de nosotros. Danos el valor y las palabras para hacer lo mismo por los demás. En el nombre de Cristo. Amén.
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Jesús dijo una vez:
«Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará». (Mateo 16:24-25)
Cuando seguimos aJesús, a menudo nos encontraremos caminando hacia lugares de quebrantamiento y sufrimiento.
Recuerdo haber escuchado una entrevista con un Sacerdote Católico, en Filipinas, poco después de que el tifón Haiyan devastara la región. Su iglesia había desaparecido, y un periodista le preguntó al sacerdote por qué no se había ido. El sacerdote respondió: «La iglesia no es el edificio. Yo estoy aquí para ayudar a la gente. Les digo: Si encuentran a alguien de su familia que ha estado desaparecido y estás regocijado, entonces mi corazón se regocija con ustedes. Pero, si estás sufriendo, yo sufro contigo. Si tienes hambre, te ayudaré a encontrar comida. Pero, no me voy. Yo estoy aquí contigo.
Cuando escuché eso, pensé: Se parece a Cristo. Porque si estás sufriendo, él sufre contigo. Eso es parte de lo que aprendimos de la cruz. Jesús nos mostró que el significado más profundo, la mayor alegría y la esperanza más brillante a menudo provienen de entregar nuestras vidas al servicio de los demás, especialmente en los momentos más difíciles.
Jesús partió de este mundo sabiendo muy bien lo que significaba ser traicionado, sufrir e incluso dar la vida por algo más grande. Y nos dejó con la promesa de que siempre estaría con nosotros en nuestras propias luchas y sufrimientos.
Y nos invitó a seguirlo…Y en seguirlo poder encontrar la plenitud de la vida.
Oremos: Dios de Gracia, gracias por caminar con nosotros incluso en los momentos más oscuros de la vida. Que tu Espíritu continúe sanándonos, perdonándonos, guiándonos e inspirándonos a seguir; a través de Cristo nuestro Señor. Amén.
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