En una entrevista de On Being con Krista Tippett, el poeta y pacificador Irlandés Pádraig Ó Tunama, comentó:
“Me encanta orar. Como “prier” del francés, “de pedir”. Lo que me gusta de esa palabra es que no requiere creencia. Solo requiere reconocer la necesidad. Y creo que reconocer la necesidad es algo que nos lleva a un lenguaje profundo y común sobre lo que significa ser humano. Sino te encuentras en la situación de conocer la necesidad, bueno, entonces tienes suerte. Pero la conocerás…”
Es cierto. Todos conocemos esa necesidad – todos los seres humanos.
En este mundo polarizado,donde existen tantas divisiones, es crucial que encontremos puntos en común. Sino otra cosa, es en nuestra humanidad compartida y en el reconocimiento común de nuestra necesidad - de sanación, de perdón, de amor – donde recordamos que, en realidad, no somos tan diferentes.
Al pie de la cruz, todos estamos en igualdad de condiciones. La verdad es que todos necesitamos la gracia de Dios. Y no hay ninguno de nosotros que no sea visto por Dios como un hijo amado.
Muchos Cristianos creen que la imagen de Cristo está presente en cada persona. Una amiga afirma que su principal disciplina espiritual consiste en buscar esa imagen en cada persona que llega a conocer. Al buscar esa imagen en los demás, finalmente descubrimos a Cristo también en nosotros.
Oremos: Venimos ante ti este día, Oh Dios, reconociendo nuestra propia necesidad. En esa necesidad, también reconocemos las necesidades del mundo que nos rodea. Anhelamos tu sanación,misericordia y gracia. Obra en nosotros y a través de nosotros, Oh Dios. Que seamos instrumentos de tu Espíritu. En el nombre de Cristo. Amén.
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El Apóstol Pablo siempre comienza sus cartas con estas palabras:
Que les concedan gracia y paz.
Gracia proviene del término griego charis, que significa regalo inmerecido. Hace algún tiempo, mi amigo Bob Smith me contó que su mentor espiritual definía la gracia como el amor inmerecido e inquebrantable de Dios. Otros estudiosos afirman que la palabra puede traducirse como: gozo, regalo inmerecido, encanto, aceptación,favor. Otra definición: favor concedido sin esperar nada a cambio.
¡Guau!
La palabra paz proviene de la palabra Hebrea Shalom – armonía – tranquilidad. La palabra griega, de donde proviene la palabra paz, es Eirene – que significa todo tipo de bienestar. Alegría, aceptación, amor incondicional y el bienestar total de la vida de la persona.
El autor y pastor Rob Bell señala que dicho saludo fue utilizado en cada carta por alguien que había pasado un tiempo considerable en prisión - incluso encadenado. Este saludo, esta bendición, esta forma profunda de ser la ofreció alguien que a menudo sevio privado de las necesidades básicas de la vida - alguien que había naufragado, apedreado, golpeado y que sabía que tarde o temprano lo matarían. Incluso en medio de grandes dificultades, hubo serenidad y una ofrenda de gracia y paz.
Para Pablo, la gracia y la paz no eran solo para sus allegados. Muchos en sus congregaciones lo habían lastimado; lo habían perjudicado.
Bell plantea la pregunta:
“¿Cómo sería estar tan arraigados y cimentados en la gracia y la paz que pudiéramos perdonar a las personas que pudieron habernos hecho daño, engañarnos, apuñalarnos por la espalda? ¿Cómo sería ser personas tan llenas de gracia y paz que pudiéramos extender estos dones incluso a aquellos que más nos han roto el corazón? ¿Cómo se sentiría poder dejar ir?”
No sé ustedes, pero yo necesito gracia y paz en mi vida.
Cuando Pablo comienza sus cartas con el saludo: “Que Dios nuestro padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz,” él le recuerda a su pueblo sólo lo que ya han recibido de Cristo, lo que todos hemos recibido. Y también les está recordando que estos son los mismos dones que también tienen para compartir entre sí y con el mundo. Y es el fundamento de cada carta. Y es el fundamento de nuestra fe.
Que les concedan gracia y paz este día.
Oremos: Gracias, Oh Dios, por tu aceptación, alegría, favor inmerecido, amor inagotable y bienestar. Que estos dones tuyos nos inunden y fluyan a través de nosotros. Amén.
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El gran autor Robert Louis Stevenson contó una vez la historia de un barco azotado por una tormenta. El mar estaba embravecido y la costa rocosa extremadamente peligrosa. En un momento de pánico, un marinero angustiado, que trabajaba bajo la cubierta, corrió a la sala de control para ver con sus propios ojos lo que sucedía. Se quedó paralizado por el miedo mientras observaba al capitán emplear toda su habilidad y valentía para intentar maniobrar el barco entre las amenazantes rocas y regresar a mar abierto.
El capitán se giró lo justo para mirar al marinero asustado, con el rostro relajado. El joven volvió a su trabajo y le aseguró a la tripulación que todo el peligro había pasado. Cuando le preguntaron cómo lo sabía, él respondió: “He visto el rostro del capitán”.
Cuando intentamos navegar por las aguas tormentosas de la vida, podemos estar seguros de que, en Jesucristo, nosotros también hemos visto el rostro del Capitán. Tenemos la certeza de su gracia, y conocemos su amor y preocupación por nosotros. Es un amor que vino a este mundo, un amor que camina a nuestro lado e incluso sufre y muere. Y es un amor y un poder que ni siquiera la muerte pudo vencer.
En el Evangelio de Mateo 10:29-31, Jesús dijo:
“¿No se venden dos gorriones por una monedita? Sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin que lo permita el Padre; y él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza. Así que no tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones.”
No temas…no temas…Has visto el rostro del Capitán.
Oremos: Dios de Esperanza, a veces sentimos que estamos atrapados en una gran tormenta. Las cargas que llevamos y las situaciones que enfrentamos suelen ser pesadas y fuera de nuestro control. Ayúdanos a dejar de lado nuestros miedos y confiar en ti. Hoy te pedimos por tu guía y tu protección - para nosotros, y para quienes amamos. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
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Hace varios años, una iglesia de Jacksonville publicó un anuncio en el periódico en el que se leía:
¡Todos son bienvenidos! Damos una bienvenida especial a los solteros, casados, divorciados, homosexuales o indecisos, ricos, pobres y a quienes no hablan inglés. Y también a recién nacidos que lloran, a los que están delgados como un riel o a quienes les vendría bien bajar de peso. No nos importa si eres más religioso que el Papa o si no has pisado una iglesia desde el bautizo del pequeño Joey.
Te damos la bienvenida si tienes más de 60 años pero aún no te sientes maduro, o si eres un adolescente que está creciendo demasiado rápido. Damos la bienvenida a las mamás que llevan a sus hijos a los partidos de fútbol, a los papás aficionados a las carreras de NASCAR, a los artistas sin recursos, a los ecologistas, a los amantes del café con leche, a los vegetarianos y a los que comen comida chatarra. Damos la bienvenida a quienes están en recuperación o aún luchan contra una adicción. Te damos la bienvenida si tienes problemas, te sientes deprimido o no te gusta la religión institucionalizada. Nosotros también hemos pasado por eso.
Si te gastaste todo el dinero de tu ofrenda en las carreras de galgos, eres bienvenido aquí. Damos una bienvenida especial a quienes creen que la Tierra es plana, trabajan demasiado, no trabajan, no saben escribir o están aquí porque la abuela está de visita y quería ir a la iglesia.
Damos la bienvenida a quienes tienen tatuaje, piercing o ambos. Damos la bienvenida a quienes necesitan una oración ahora mismo, a quienes les impusieron la religión cuando eran niños o a quienes se perdieron en el tráfico y terminaron aquí por casualidad. Damos la bienvenida a turistas, buscadores, escépticos, personas compasivas…¡y a ti!
Te damos la bienvenida porque si eres lo suficientemente bueno para Dios (¡y lo eres!), ¡entonces eres lo suficientemente bueno para nosotros!
Me encanta. La verdad es que eres lo suficientemente bueno para Dios. Jesús lo dejó muy claro.
En el Evangelio de Mateo, él ofrece esta invitación:
“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28)
Oremos: Te damos gracias, Oh Dios, por tu amor incondicional hacia cada uno de nosotros. Hoy te pedimos que tu gracia caiga sobre nosotros como lluvia. Sánanos. Redímenos. Fortalécenos para que crezcamos cada vez más a la imagen de Jesús, en cuyo nombre oramos. Amén.
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El Salmo 29 es un himno de alabanza. Te invito a dedicar unos minutos hoy a leerlo.
Reflexionando sobre este Salmo, el erudito Eugene Peterson escribió:
“…la imaginación de este poeta orante empieza así: la voz del Señor desgaja enormes árboles en leña para hogueras y convierte inmensas montañas en un carnaval de animales danzantes…Nosotros nos encontramos en un mundo que entona para la gloria de Dios, en la belleza de la santidad…océanos rugiendo, montañas saltando, relámpagos destellantes, desiertos sacudiéndose y dando vueltas, bosques de robles danzando…Cada vez que Dios habla, hay más vida. La energía y la exuberancia en el lugar y las personas acumulan, y luego nosotros escuchamos: en su templo todos gritan: “¡Gloria!”
Peterson continúa diciendo: “Si mantenemos los ojos y los oídos abiertos, esto sucede todo el tiempo. En la mayoría de los casos, lo único que necesitamos hacer es mirar y escuchar, tocar y saborear.”
Pienso en esos momentos que he vivido – y sé que tú también – en los que nos damos cuenta de que la vida es mucho más que la mera supervivencia. Suceden muchas más cosas en el mundo de las que se ven a simple vista. Puede ser en la cima de una montaña, en el nacimiento de un hijo, en la pérdida de un ser querido o durante una pieza musical conmovedora – vislumbramos las intrincadas conexiones entre todo lo que vemos y todo lo que no vemos. Recibimos estos destellos de trascendencia, esas percepciones de que aquí hay algo más que lo que podemos comprender.
Si tenemos el corazón abierto, estos momentos tienen algo que enseñarnos; nos permiten ampliar nuestra perspectiva. Y es casi como si nos impulsaran a reaccionar.
Todos en su templo gritan: “¡Gloria!”
Este salmo nos llama – nos invita – a detenernos y sentarnos con asombro y admiración; a maravillarnos ante la belleza y la maravilla de los dones que Dios nos ha dado; a percibir lo santo y lo sagrado en lo cotidiano, y a responder con corazones abiertos y nuestra más profunda alabanza.
Oremos: Dios Creador Eterno – Padre, Hijo y Espíritu Santo –al considerar nuestro lugar en este vasto universo, nos llena de humildad. Al imaginar los detalles del ADN, las reacciones nucleares necesarias para el nacimiento de una estrella o la delicadeza de una flor que florece, encontramos perspectiva y nos invita a la reflexión. Gracias por tu magnífica creación – y por habernos creado junto con todo lo que existe. Sobre todo, te damos gracias por el amor y la compasión que nos tienes por medio de Jesucristo. Amén.
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