Ellen Edwards Kennedy escribió una vez:
“Cuando empecé a tomar a Jesús en serio, comencé a mirar a una joven con desprecio. No sentía más que menosprecio hacia ella – su carácter explosivo, su egoísmo, sus chismes maliciosos y la forma en que tomaba a su familia cariñosa como algo dado. Cada vez que la mencionaban, no podía pensar en algo bueno que decir.”
“Pero un día, mientras hojeaba un viejo álbum de fotos llenas de fotos de ella, el espíritu de Jesús habló a mi espíritu y me dijo, refiriéndose a dicha joven: “Siempre la he amado, a pesar de sus fallas, y la he perdonado. Quiero que tú también la perdones y la ames.”
“Mientras miraba el rostro joven en las fotos, mi corazón se llenó de compasión por aquella chica. A lo largo del camino en busca del significado de vida, ella había cometido muchos errores. Dios me dio un amor gentil para ella y la capacidad de perdonarla. Ese momento de sanación cuando decidí perdonarla y amarla también me dio una nueva fuerza y libertad para amar a los demás como nunca antes…porque la joven en las fotos era yo.”
A veces la persona más difícil de perdonar es a nosotros mismos.
En el Salmo 103 leemos:
“Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente. Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos.”
Y en Romanos 8:38, el Apóstol Pablo escribe:
“Ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.”
Que reconozcas – en lo más profundo de tu alma - que no hay nada en este mundo que pueda separarte del amor de Dios. Dios te ha perdonado. Que a su vez tú puedas perdonarte y amarte a ti mismo.
Oremos: Que tu gracia se derrame sobre nosotros nuevamente en este día. Que tu gracia, misericordia y paz llegue a lo más profundo de nuestras almas, para que estos regalos sean nuestros para compartir. Lo pedimos en nombre de Jesús. Amén.
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Antes de la Segunda Guerra Mundial, en una pequeña aldea francesa, se alzaba una hermosa estatua de mármol de Jesús con los brazos extendidos en el atrio de una iglesia pequeña y pintoresca. Durante la guerra, una bomba estalló cerca y quebró la estatua en pedazos.
Cuando cesaron los combates, los miembros de la iglesia se propusieron recuperar los fragmentos y reconstruir la estatua. Mientras trabajaban con paciencia, incluso las cicatrices parecían realzar su belleza. Pero, para su consternación, las frágiles manos habían sido pulverizadas. “Un Cristo sin manos no es Cristo en absoluto,” dijo alguien con tristeza. Otro sugirió adquirir una estatua nueva. Finalmente, a otra persona del grupo se le ocurrió una idea que generó gran entusiasmo. Sugirió que se adjuntara una placa de bronce a la base de la estatua que dijera:
“No tengo más manos que la tuya”.
Hace mucho tiempo en los años 1500´s, la mística Cristiana Teresa Ávila lo expone de la siguiente forma:
Cristo no tiene cuerpo solamente el tuyo,
No hay manos, ni pies en la tierra sino los tuyos,
Tuyos son los ojos con los que mira
Compasión en este mundo,
Tuyos son los pies con los cuales camina para hacer el bien,
Tuyas son las manos con las cuales bendice a todo el mundo.
Tuyas son las manos, tuyas son los pies,
Tuyas son los ojos, tú eres su cuerpo.
Oremos: Dios de amor, hay una cantidad tremenda de necesidad en el mundo que nos rodea – incluso cerca de casa. Si bien reconocemos que no podemos resolver todos los problemas, o satisfacer todas las necesidades, de pequeñas maneras podemos hacer la diferencia. Ayúdanos a ser las manos, los pies, los ojos de Cristo en nuestra vida el día de hoy y todos los días. Amén.
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Me encanta la historia de un hombre que quería llevar su dinero con él más allá de su tumba. Una noche, cuando pensaba en la muerte, él oró fervientemente por esto. Un ángel se le apareció y le dijo: “Lo siento, no puedes tomar todas tus riquezas contigo después de la muerte, pero el Señor te permitirá llevar una maleta. Llénala con lo que quieras. “Con alegría el hombre consiguió la maleta más grande que pudo encontrar y la llenó de barras de oro puro. Poco después, murió y se presentó a las puertas del cielo.
San Pedro, al ver la maleta, dijo con escepticismo: “Espera, no puedes traer eso aquí contigo.” El hombre explicó que un ángel le había dado permiso. “San Pedro lo comprobó con el ángel Gabriel y la historia fue verificada.” Muy bien, dijo San Pedro, “puedes llevar la maleta contigo, pero primero tengo curiosidad, tengo que ver qué trajiste. ”Él abrió la maleta para ver que objetos mundanos, había considerado este hombre, demasiado preciosos para dejar atrás. “¡No lo puedo creer!” Dijo San Pedro. “¿Trajiste pavimento?”
La historia es humorística, y contiene una pizca de verdad. Muchas de las cosas que sentimos que son valiosas en esta vida no serán las mismas cosas que encontramos valiosas al final de la vida.
En el transcurso de la vida, a menudo nos concentramos en lo que podemos acumular: riquezas, títulos, poder o prestigio. Pero al final de la vida, la mayoría de las personas tienden a preocuparse más por las relaciones que cultivaron – o fallaron en cultivar: con amigos, vecinos y familia.
La antigua calcomanía de parachoques: “El que muere con la mayoría de los juguetes gana,” se le contrapone rápidamente otro: “El que muere con la mayoría de los juguetes, muere de todos modos.”
La verdad es que el amor, esperanza y la paz que compartimos con el mundo, mientras estamos aquí – vive mucho más allá de nosotros en la vida de aquellos a quienes hemos bendecido.
Al final de un servicio religioso conmemorativo, en el que asistí recientemente, el pastor nos dejó con este desafío:
“Cuando naciste, lloraste y el mundo se alegró. Que vivas tu vida de tal manera que cuando mueras, el mundo llore, y tú te regocijes.”
Oremos: Hoy recordamos, Oh Dios, que nuestro tiempo aquí en la tierra es limitado. En el regalo del tiempo que nos queda, ayúdanos a dejar el mundo un lugar mejor a través de nuestro dar y por nuestro amor. Amén.
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En el Evangelio de Juan (Capítulo 15), Jesús dijo: “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto…”
En otras palabras, aquellos que aprovechen esta vid encontrarán fuerza y sustento – no solo para ellos – sino también para los demás.
Cuando pienso en esta metáfora, pienso en las personas que conozco que tiene nuna fuerza interior: Personas que capean bien las tormentas de la vida, personas que tienen un profundo sentido de integridad, personas que marcan la diferencia en la vida de los demás. Cuando veo a personas así, en el tiempo que tengo en la Tierra, yo pienso que quiero vivir así. Yo quiero ser así.
El Erudito del Nuevo Testamento Dale Bruner traduce el versículo así: “Yo, yo soy la Verdadera Raíz del Asunto, y mi Padre el Horticultor.”
¡La Raíz del Asunto! Si solo pudiéramos aprovechar la raíz, de ahí es de donde proviene el sustento y la fuerza…
Porque pienso en esas etapas áridas de la vida - momentos en tiempos en los que falta el sustento. Me recuerdo de esos momentos en los que te sientes cansado, agotado…Cuando piensas: “No puedo con una cosa más. No puedo lidiar con una queja más. No puedo soportar que una persona más en mi vida se desmorone. No creo que lo tenga en mí.”
Casi puedo escuchar a Jesús decir: “Permaneced en mí. Yo te daré la fuerza.”
Hay otros momentos en los que tal vez te sientas culpable por no hacer más, o momentos en los que desearías que fuéramos mejores en lo que hacemos.
Jesús dijo: Permanezcan en mí. Hay un pozo profundo.
Pienso también en esos momentos en los que todo parece desmoronarse, o las cuentas se acumulan, o un ser querido está enfermo…
Jesús dijo, permanezcan en mí…Permanezcan…
Me pregunto cómo es para ti permanecer con Cristo.
Como quiera que parezca, hoy oro para que aceptes su invitación.
Oremos: Muchas veces, Oh Dios, vamos por la vida sin detenernos a reflexionar sobre lo que sucede en nuestro interior. El año pasado llevamos una carga pesada. Hemos pasado por mucho. Concédenos la gracia que necesitamos para detenernos y sentarnos en tu presencia, aunque sea por unos momentos. Te pedimos que nos encuentres allí, en ese silencio. Llénanos de la fuerza, el valor y la paciencia que necesitamos para afrontar el día. Te lo pedimos en el nombre de Cristo. Amén.
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El mensaje de hoy fue escrito por mi amigo, Reverendo Roger Kunkel, q.e.p.d., fundador de Dial Hope (Digita Esperanza).
Hace algún tiempo, las Olimpiadas Especiales se celebraron en Seattle, y ocurrió algo hermoso. Nueve concursantes, todos con discapacidades físicas o mentales, se encontraban en la línea de salida de la carrera de las 100 yardas lineales. Cuando la pistola, que anunciaba el inicio, sonó, todos empezaron – no exactamente en línea recta, pero con un gusto por correr la carrera hasta el final y ganar. Pero mientras corrían, un muchacho resbaló y cayó. Se tambaleó un par de veces y comenzó a llorar. Los otros ocho corredores escucharon al joven llorar. Todos se detuvieron, dieron la vuelta y regresaron – cada uno de ellos.
Una niña, con síndrome Down, se inclinó y le dio un beso en la parte superior de la cabeza, y dijo, “Esto hará que todo sea mejor.” Los otros corredores ayudaron a poner de pie al muchacho caído, y los nueve de ellos unieron los brazos y caminaron juntos, lado a lado, hasta la meta. ¡Todos ganaron! ¡Todos llegaron primero! Todos en el estadio se pusieron de pie, los aplausos duraron diez minutos. Las personas que asistieron todavía cuentan la historia. Las personas que ni siquiera estuvieron allí, dicen que estuvieron.
Como puedes ver, como Cristiano, no tienes que ganar. Tal vez necesitas reducir la velocidad y cambiar de curso – para ayudar a alguien, para asociarse con alguien, para reconciliarte con alguien, para alentar a alguien. Cuando hagas eso, tendrás paz interior y paz con Dios.
Oremos: Dios de amor, te damos las gracias por este día. Perdónanos cuando ofendemos a los demás y a ti. Perdónanos y haznos puros, con la capacidad de sentir tu presencia, tu fortaleza, tu gracia y tu amor. Al sentir tu amor incondicional, habilítanos para que podamos apoyar a otros en su dolor, sufrimiento y soledad. Pedimos estas cosas en el nombre de tu Hijo, nuestro redentor, Jesucristo. Amén.
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