En Hebreos, el capítulo 12 comienza: “Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos…corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante…”
Me encanta esta imagen de estar rodeados de una multitud tan grande de testigos…un grupo de personas que han sido tocadas por la gracia de Dios. Son los que ya han corrido la carrera. Ellos han pasado por momentos difíciles y lo han logrado. Ahora están aquí para apoyarnos, alentarnos e inspirarnos.
En mi experiencia limitada con las carreras de atletismo, una multitud a tu alrededor definitivamente puede impulsarte. Ellos te dan energía que no sabías que tenías. Está bien documentado que los corredores pueden llegar más lejos y más rápido que si corrieran solos. Y, por supuesto, puedes pensar en la forma en que esto funciona en el fútbol americano. Con la multitud apoyándolos, el equipo local definitivamente tiene una ventaja competitiva.
Cuando pienso en esta multitud apoyándome, esta gran multitud de testigos, pienso en aquellos que me han nutrido en la fe: Mi abuelo Popsi, Herb Meza, mi pastor…mi amigo Billy, que me acompañó desde el principio…Roger y Carol Thompkins, Yenwith Witney, Jim Pellot– y podría seguir nombrando a muchos más…
Y no se trata solo de quienes nos precedieron. Hay otros testigos aquí y ahora. Los seres humanos tenemos la capacidad de alentar, inspirar y empoderar a otros – cuando compartimos lo que hemos visto, cuando contamos nuestras propias historias y las historias de los demás …
Mi oración para ti hoy es que pienses un poco en los testigos que te rodean. ¿Qué voces te acompañan en el camino de la vida? ¿Qué voces te dan energía, inspiración y fuerza? Y luego, que puedas dar gracias a Dios por ellos.
Oremos: Dios misericordioso, te damos gracias por la comunidad de fe – por esta gran multitud de testigos que se extiende por la historia y el tiempo. Y te agradecemos por formar parte de ello; por la forma en que nos has sido tan fiel. De hecho, estamos agradecidos por aquellos que nos han inspirado y nutrido a lo largo del camino. Empodéranos a su vez, para compartir nuestras propias historias de esperanza y gracia. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!
El año en que impartí clases en la Escuela Secundaria en Jamaica, asistí a una reunión de la asociación de maestros y padres de familia, en donde una estudiante recitó un testimonio. No sé quién lo escribió originalmente. Lo he visto en otros lugares desde entonces, pero cuando lo escuché en dicho escenario, en medio de una gra npobreza, me llegó de la manera más profunda. Ella dijo:
“Le pedí a Dios fuerzas que yo pueda lograr. Fui creada débil para aprender a obedecer humildemente.
Pedí riquezas en las que pueda ser feliz, me dieron la pobreza para poder ser sabia.
Pedí poder para que pudiera tener la alabanza de los demás. Me dieron debilidad para sentir la necesidad de Dios.
Pedí todas las cosas para disfrutar de la vida. Me dieron vida para poder disfrutar de todas las cosas. No obtuve nada de lo que pedí – pero todo lo que había esperado…Casi a pesar de mí, mis oraciones no pronunciadas fueron contestadas.
Yo, entre todas las personas, soy la más bendecida en abundancia.”
Ahora, yo no creo que Dios dé la pobreza. Pero me conmovió la fe de dicha joven. Muchos de nuestros estudiantes llegaban a la escuela con hambre. Muchos vivían en casas que tenían pisos de tierra y sin agua potable. Sin embargo, a pesar de todo lo que enfrentan, la jovencita pudo afirmar que entre todas las personas es la más bendecida en abundancia.
Oremos: Amado Dios, reconocemos que no siempre respondes a nuestras oraciones en el momento y forma que quisiéramos. Pero, te agradecemos que a pesar de eso sea todavía posible vivir una vida feliz y bendecida. Te agradecemos por el testimonio de otros que nos recuerdan que incluso en medio de las dificultades de la vida, eres bueno. El día de hoy, ayúdanos a celebrar nuestras bendiciones. Y, muéstranos nuevamente cómo usarlos para bendecir a otros. Amén.
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Siendo un joven pastor, recién egresado del seminario, le pregunté a mi amigo y colega Roger Kunkel, q.e.p.d., si tenía algún consejo para un pastor nuevo. Él respondió: “Hay que tomar tu ministerio seriamente – pero no te tomes a ti muy en serio. Cultiva un sentido del humor y un sentido de la humildad.”
Unos años más tarde, Roger me dio, de hecho, una lección de humildad. Estábamos impartiendo una clase conjuntamente para adultos en nuestra congregación, turnándonos para dirigir la clase. Roger inició y luego me cedió el turno a mí. Realmente me había preparado para esto y pensé que tenía un contenido excepcional. Pero cuando llegó el momento de cederle el turno nuevamente a Roger, noté que tenía la cabeza baja y creo que podría haber estado roncando. Uno de los jóvenes de la primera fila dijo: “Joe, ¡lo has puesto a dormir, hombre!”
Roger y yo nos reímos de dicha situación durante años. Habría sido fácil para uno o ambos de nosotros haber estado avergonzado, o herido, pero era mucho mejor para el alma habernos reído.
Uno de los proverbios favoritos de Roger era: “Gran remedio es el corazón alegre, pero el ánimo decaído seca los huesos.” ¡Es tan verdadero esto!
Oremos: Amado Dios, hay momentos en la vida cuando todo el mundo parece conspirar contra nosotros, cuando todo parece desmoronarse. Gracias por la capacidad de reírnos de las cosas absurdas en la vida. Gracias, especialmente, por la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Ayúdanos a recordar siempre cuánto tenemos y por locual debemos de estar agradecidos en cualquier circunstancia – y recordar que tú eres el que en definitiva está a cargo. En humildad y la risa, que podamos redescubrir tu presencia y tu alegría. Amén.
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En la cruz, entre las últimas palabras de Jesús estuvieron: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).
Me cuesta asimilar eso.
Padre, perdona a los líderes religiosos. Padre, perdona a los soldados romanos. Padre, perdona a las multitudes que pidieron mi muerte. Padre, perdona a aquellos que me negaron y me traicionaron. Padre, perdona, perdona, perdona…
A lo largo de los años, he escuchado historias de personas que han sufrido abusos por parte de un familiar. Una vez, un amigo me contó sobre un socio de negocios que le robó decenas de miles de dólares. Pienso en otro amigo cuya esposa lo abandonó por otra persona después de tan solo un año de matrimonio.
Muchos de nosotros cargamos con un dolor inmenso. Y no cabe duda: ese dolor es real. Quizás sepas lo que significa cargar con una herida e ira. Quizás sepas lo que es no querer perdonar. La sed de venganza es una emoción poderosa. Y, sin embargo, la verdad es que, si cargamos con odio, ira y amargura, ¿a quién terminamos lastimando, en última instancia?
Con el paso de los años, me he vuelto cada vez más consciente de que el perdón es uno de los mejores regalos que podemos hacernos a nosotros mismos. No condonar. Ni siquiera, necesariamente, olvidar o reconciliarse. Sino perdonar, dejar ir. Es una forma de liberarnos.
El teólogo franciscano Richar Rohr lo expresó de la siguiente manera:
«El anhelo y la disposición a amar constituyen la libertad y el futuro supremos. Cuando uno ha sido acogido en la inmensidad del amor divino, simplemente no queda lugar para la venganza, el juicio precipitado o los reclamos de retribución. Ciertamente, no observamos nada de esta mezquindad en el Cristo Resucitado tras su propia marginación, su traición y su cruel muerte; no la vemos ni siquiera en su círculo más íntimo, ni en todo el Nuevo Testamento. Realmente no puedo imaginar una forma de vivir más amplia y espaciosa…El perdón podría ser, tal vez, la mejor descripción de aquello que la bondad de Dios engendra en la humanidad».
Oremos: Hoy oro, Oh Dios, por aquellos que luchan por perdonar. Oro para que tu gracia sanadora repose sobre ellos. Por el poder de tu Espíritu, ayúdalos a dejar ir y a ser liberados. Lo pido en el nombre de Jesús. Amén.
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El mensaje de hoy fue escrito por mi amigo el Rev. Roger Kunkel, q.e.p.d., fundador de Dial Hope.
En un musical de Broadway, “STOP THE WORLD, I WANT TO GET OFF,” (DETEN AL MUNDO, QUIERO BAJARME), el actor Anthony Newley cantó una poderosa canción: “Once in a Lifetime” (Una Vez en la Vida). Contiene estas palabras conmovedoras: “Este es mi momento…voy a hacer grandes cosas.”
Lamentablemente, debemos confesar que conocemos el sentimiento vació de “perder nuestro momento,” dejar pasar la oportunidad. Todos nosotros, por temor o timidez, o por inseguridad, ha dejado perder oportunidades y momentos especiales. Los psicólogos nos dicen que, si no actuamos cada vez que tenemos este tipo de sentimientos, es menos probable que actuemos más tarde cuando se presenten otros momentos semejantes. Cada vez que no actuamos nos volvemos más endurecidos, más desensibilizados, más paralizados emocionalmente. Nos engañamos mediante la sustitución de la emoción por la acción, pensando que sólo porque lo sentimos, lo hemos atendido.
¿Cuántas cartas nunca se han escrito?
¿Cuántas llamadas telefónicas nunca se han realizado?
¿Cuántos elogios se han dejado de decir?
¿Cuántos “lo siento” siguen sin ser pronunciados?
¿Cuántas “Gracias” nunca se han dicho?
¿Cuántos “te amo” todavía no han sido expresados?
¿Cuántos compromisos aún no se han realizado?
¡Porque perdimos nuestro momento!
Si hay algún vacío, un hueco, vacuidad, hambre en tu vida, recuerda – Jesús te ofrece vida. ¡No te pierdas este momento! Si hay alguna bondad o amor que puedas mostrar, muéstralo ahora. ¡Aprovecha el momento! ¡Vive hoy plenamente y haz de ella una obra maestra!
Oremos: Dios de amor, sabemos que estás siempre con nosotros y que nos amas. ¡Cuán pacientemente eres como nuestro tutor! Fortalece la columna vertebral de nuestras creencias, fortalece nuestra determinación, muévenos a la acción, para que las raíces de la fe lleguen al centro de nuestros corazones. Concédenos la paz que viene de tu amor…ya sea que caminemos a través de campos de flores o tropecemos por calles de tristeza, caminaremos a tu lado. Acércate hoy a aquellos que están experimentando dolor o soledad. En el nombre de Jesús. Amén.
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