Hace años, en un estudio bíblico, mi amigo Danny Gonzalez compartió la siguiente lista sobre la vida. Desde entonces, la he tenido presente:
La mayor alegría…Dar
El trabajo más gratificante…Ayudar a los Demás
El mayor refuerzo…El Alentar
El hábito más destructivo…La Preocupación
El mayor problema por superar…El Miedo
La enfermedad más incapacitante del fracaso…Las Excusas
Lo peor que se puede perder…La Esperanza
El mayor tesoro…La Fe
El atuendo más hermoso…Una Sonrisa
La fuerza más poderosa…El Amor
Verdades sencillas. Pero también son increíblemente profundas ¿verdad que sí?
Oremos: Dios Todopoderoso, gracias por tu amor incondicional y tu gracia maravillosa. Gracias por las maneras en que nos acercas nuevamente a ti una y otra vez. Hoy, líbranos de toda preocupación, temor y excusas. Llénanos en cambio con esperanza, fe y amor. Continúa guiándonos en tu camino, Oh Señor. Enséñanos a caminar por tu senda. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!
Tengo un amigo que tuvo una infancia muy difícil. Lo que me asombra es que, a pesar de todo, parece haberla superado extraordinariamente bien. Hoy tiene una familia hermosa y saludable.
Conociendo su historia, no estoy seguro de que a mí me hubiera ido tan bien. He conocido a otras personas que tuvieron crianzas mucho más fáciles, pero que aún utilizan sus pasados como excusas para tomar decisiones destructivas.
Lo que me llama la atención es que mi amigo nunca romantiza su infancia. Él es honesto al respecto. Pero él dirá: No soy un desagradecido…porque la infancia que tuve me moldeó. Me hizo más fuerte. Me dio un corazón para los que sufren. Me dio un corazón para los desvalidos.
Él una vez compartió: “Al principio, un sabio consejero me dijo: “Deja de concentrarte en lo que te han hecho y comienza a concentrarte en lo que se ha hecho por ti.”
A lo largo de los años, he conocido a muchas personas que, ante graves reveses, han encontrado una manera de vivir bien. No han permitido que el diagnóstico, el fracaso, la traición o la pérdida tuvieran la última palabra. No permitieron que eso destruyera su paz ni silenciara su esperanza.
Una y otra vez recuerdo que nosotros los seres humanos tenemos esta extraordinaria capacidad de volver a contar o reformular nuestras historias - de encontrarles significado e incluso redención. Y las historias que contamos - sobre nuestro pasado, sobre nuestras familias, sobre nuestras iglesias – Estas historias dan forma a cómo vivimos y a lo que esperamos.
Me pregunto ¿qué historias estás contando? ¿qué historias estás contando sobre tu vida?
Hoy los invito a reflexionar, desde la perspectiva de la fe. Oro para que, incluso en los momentos más difíciles, puedas notar la mano misericordiosa de Dios obrando.
Oremos: Amado Dios, abre nuestros ojos, para que podamos vislumbrar tu Espíritu obrando en cada etapa de nuestro camino. Y al ver, ayúdanos a confiar. En el nombre de Cristo. Amén.
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Cada vez me doy más cuenta de la ambigüedad que es inherente a la vida. Siendo humanos, no tenemos todas las respuestas – y eso se vuelve especialmente difícil en momentos de crisis, o tragedia. Queremos saber por qué. ¿Por qué sucedió esto? ¿Por qué murió tan joven? ¿Por qué yo? Pero, la mayoría de las veces, simplemente no hay respuestas. Y tenemos que vivir con este desconocimiento.
La verdad es que, tarde o temprano, todos nos topamos con la realidad de que grandes partes de la vida están completamente fuera de nuestro control.
Y eso plantea la pregunta más profunda: “¿Puedo confiar? ¿Puedo confiar en que Dios está conmigo en esto?”
Es difícil vivir con la incertidumbre. Todos la experimentamos durante los primeros días del COVID – cuando nadie sabía qué iba a pasar ni cuánto tiempo duraría.
Algunos de ustedes han enfrentado el cáncer…o con un hijo que lucha contra la adicción…o el dolor de perder el trabajo…Algunos de ustedes han tenido que vivir largos periodos de incertidumbre y ambigüedad.
En esos momentos, es tentador sucumbir a la desesperación. Es fácil sentir ansiedad, culpar a los demás – o aferrarse al control. Pero si no tenemos cuidado, el miedo puede llevarnos a depositar nuestra confianza en personas o cosas que no son Dios.
Una persona anciana y sabia de mi anterior iglesia solía decir: “Confía en Él incluso cuando no puedas encontrarlo.”
Eso no es fácil. Pero está en el corazón de nuestra fe: Confía. Confía. Confía.
Oremos: Dios Misericordioso, hoy oro especialmente por quienes viven en la incertidumbre, por quienes luchan contra la ansiedad y por quienes buscan desesperadamente respuestas. Que sientan tu presencia cerca de ellos. Concédeles tu paz y tu gracia, para que puedan alcanzar un estado de profunda y serena confianza. Te lo pido en el nombre de Cristo. Amén.
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Una de las imágenes del Espíritu Santo en la Biblia es la de la llama. El Espíritu Santo derrite los corazones fríos y enciende una chispa de esperanza en nosotros – una chispa de esperanza que puede ser contagiosa.
Hace poco escuché una parábola que ilustra este punto:
Había una vez había un trozo de hierro, que era muy fuerte y duro. Muchos intentaron cortarlo, pero todos fracasaron.
“Lo dominaré”, dijo el hacha. Pero cada golpe fuerte solo debilitaba el filo del hacha, hasta que se rindió en frustración.
“Déjamelo a mí”, dijo la sierra. Movía los dientes de un lado a otro, pero pronto se rompieron y desgastaron.
“Les mostraré cómo hacer esto,” dijo el martillo. Pero al primer golpe feroz, la cabeza del martillo salió volando.
Luego, la pequeña y suave llama preguntó: “¿Debería intentarlo?” Todos se rieron, “¿Qué puedes hacer? Eres demasiado pequeña. No tienes fuerza.” Pero la pequeña llama se envolvió suavemente alrededor del trozo de hierro y no lo soltó…Hasta que, finalmente, el hierro se derritió bajo su cálida e irresistible influencia.
El pastor James Moore reflexionó sobre esta historia y escribió:
“Hay un sermón ahí. Quizás significa que el camino de Dios no es el de la fuerza, sino del amor. Dios no rompe corazones, sino que los ablanda. Y tal vez eso sea también nuestro llamado – ablandar corazones bajo el calor del amor misericordioso de Dios.”
La verdad es que vivimos en un mundo con muchísimas necesidades. Hay personas solitarias y que sufren a nuestro alrededor - en nuestros vecindarios, escuelas, lugares de trabajo. Y tenemos muchísimas oportunidades para escuchar, cuidar y compartir el amor de Cristo.
En tu propia vida, ¿cómo podrías mostrar la calidez irresistible del amor misericordioso de Dios?
Oremos: Dios amoroso y misericordioso, llénanos de nuevo con tu Espíritu Santo. Derrite nuestros corazones fríos y enciéndenos con esperanza – Esperanza que nos impulse a amar con valentía y a marcar la diferencia en tu nombre. Amén.
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Recuerdo estar con un pastor jubilado, de avanzada edad, en una congregación que había comenzado cerca del final de su vida. No nos conocíamos por mucho tiempo antes de que falleciera, pero yo había accedido a ayudarlo con su ministerio. Jamás olvidaré su último servicio religioso. Al final, mientras daba la bendición, se dirigió a su congregación y dijo: “Nunca lo olviden. Dios te ama tanto…” y extendió los brazos como si estuviera en la cruz.
Fue un gesto hermoso y conmovedor, un recordatorio del amor de Cristo por nosotros.
A menudo he pensado que la bendición final del pastor fue un sermón digno de escuchar una y otra vez. Si tan solo pudiéramos asimilar ese mensaje profundamente…Si tan solo conociéramos ese amor incondicional en lo más profundo de nuestro ser – un amor por nosotros no como deberíamos ser, sino como somos ahora mismo. Ese sería un regalo digno de compartir con un mundo que lo necesita con tanta urgencia.
Oremos: Dios de gracia, hoy oro por quienes se sienten lejos de ti, por quienes cargan con culpa y vergüenza, y por quienes están agobiados por la preocupación o el dolor. Te pido que te encuentres con cada uno de nosotros en este momento. Que podamos sentir tu presencia y conocer tu amor - un amor que no se gana, sino que se acepta. En la medida en que podamos recibirla que podamos compartirla – amando a los demás como tú nos has amado. Por Cristo oramos. Amén.
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