En la tradición Budista, los demonios del deseo se representan como espíritus hambrientos – seres espirituales de cuerpos enormes, pero con boca del tamaño de la cabeza de un alfiler. Consumen sin cesar, pero nunca se sacian. Nunca tienen suficiente.
Ayer reflexionamos sobre la historia de Adán y Eva y la tentación que enfrentaron. Estaban en el paraíso y, aun así, se sintieron atraídos por la idea del fruto y todo lo que este representaba. La serpiente dijo: “¡Podrían tener aún más!”
El teólogo Richard Rohr señala que, efectivamente, en la vida tenemos montañas que escalar. Hay metas que alcanzar y límites que superar. Sin embargo, no debemos perseguir estos objetivos a costa de nuestra alma – sacrificando nuestra integridad, nuestras relaciones o nuestra paz. Incluso en etapas de gran ambición y energía, existen límites para lo que es saludable y bueno.
Cuando vivimos obsesionados con lo que no tenemos, podemos caer en un profundo descontento.
Quizás resistirse a querer alcanzar la siguiente fruta sea resistirse a los demonios hambrientos. Y tal vez esa resistencia resulte más difícil cuando cultivamos un profundo aprecio por las bendiciones que ya poseemos – bendiciones que nos rodean incluso ahora.
¿Orarías conmigo? Dios bondadoso, con tanta facilidad nos volvemos ansiosos y deseosos, tomando más de lo que damos. Concédenos ojos para ver y corazones para apreciar la bondad y la belleza que nos rodean – aquí mismo y en este preciso instante. Ayúdanos a no perdernos la vida que se despliega ante nosotros en este momento. Y al hacerlo, que seamos llenos de tu paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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