Durante los últimos dos días hemos reflexionado sobre la risa y la fe. Hoy continuamos con ese tema.
En el libro del Génesis, Sara se rio. Durante años, ella y Abraham se habían esforzado por seguir la guía de Dios – tratando de hacer lo correcto. Y, como la mayoría de nosotros, a veces les iba bien y otras veces fracasaban. Dios les había prometido una familia, pero, en este momento de la historia, los años habían pasado. Sara era una mujer anciana y nunca había podido tener hijos.
Es muy probable que su risa fuera cínica, al principio. Piénsalo: tras años de espera, es posible que la pareja hubiera caído en una especie de desesperanza carente de alegría. Al fin y al cabo, en nuestra época resulta difícil imaginar el peso social que tenía la esterilidad. En aquel entonces, las personas contaban con los hijos para trabajar en los campos o en el negocio familiar, así como para garantizar su seguridad en la vejez.
En un momento dado, Abraham y Sara incluso intentaron tomar cartas en el asunto. Abraham tiene un hijo con su criada Agar. Sara estád esconsolada. Y todo se percibe con una gravedad extrema.
Hay momentos en que nuestras vidas pueden volverse así: cuando nuestras relaciones, nuestra fe e incluso nuestra adoración pueden perder la alegría y tornarse excesivamente serias.
¿Qué sucede cuando la vida se vuelve tan seria que no podemos reír?
¿Qué se interpone en el camino de nuestra risa?
¿Miedo? ¿Resentimiento? ¿Quizás ira con la cual no hemos lidiado? ¿Tal vez tomarnos demasiado en serio?
Finalmente, Sara rio. Y en libro del Génesis, capítulo 21, la historia concluye con sus últimas palabras de testimonio. Ella llama a su hijo Isaac, nombre que significa “el que ríe”. Y ella dijo: “Dios me ha hecho reír, y todos los que se enteren de que he tenido un hijo, se reirán conmigo.”
Que Dios nos conceda, a ti y a mí, la capacidad de reír incluso ante la oscuridad. Que Dios nos otorgue ese mismo espíritu de alegría que expresó Sara, el mismo espíritu de alegría que debieron sentir los discípulos ante el sepulcro, y el mismo espíritu de alegría que ha impulsado a las personas de fe a lo largo de los siglos.
Oremos: Dios bondadoso, te pedimos una vez más que abras nuestros corazones a la alegría que prometiste. Y te rogamos que, aun en los momentos más oscuros, podamos reír junto a las personas de fe de todos los tiempos: la risa de la eternidad, la risa de la incredulidad transformada en fe, la risa de la muerte vencida por la resurrección y la vida nueva. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
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