El poeta Wendell Berry escribió un poema titulado, “On the Theory of the Big Bang” (Sobre la Teoría del Big Bang). Se lee así:
¿Qué explotó?
Antes de explotar, ¿Cómo llegó allí?
Cuando llegó allí, ¿Dónde estaba?
Me gusta el poema porque invita a la reflexión y me recuerda lo poco que realmente sabemos. Ahora bien, no creo que la ciencia y la fe sean mutuamente excluyentes; no lo son. Simplemente plantean preguntas diferentes. La ciencia pregunta: “¿Cómo sucedió esto?” Mientras la teología pregunta: “¿Quién lo creó?” y “¿por qué?”
La ciencia sin fe es estéril y a menudo carece de sentido. La fe sin ciencia a menudo carece de riqueza y profundidad. Pero una fe que pueda mirar los descubrimientos de la ciencia y maravillarse con los intrincados detalles de la obra de Dios es una fe que es sana y viva.
Cuando contemplo un universo en expansión, un universo que contiene cientos de miles de millones de estrellas, supernovas, galaxias en espiral, y un espacio tan vasto que hace falta billones de años para cruzar, quedo sorprendido. Luego, cuando considero todo lo que hay en su interior, y todo lo que podría haber más allá, me invade un profundo sobrecogimiento. Viene a mi mente las palabras de un Salmo escrito hace miles de años.
Esto es del Salmo 8:
“Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que ahí fijaste, me pregunto: ¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta? Pues lo hiciste poco menos que un Dios, y lo coronaste de gloria y de honra…Oh Señor, soberano nuestro, ¡qué imponente es tu nombre en toda la tierra!
Oremos: Dios eterno y creador, cuando consideramos nuestro lugar en el vasto universo, es de mucha humildad. Cuando empezamos a imaginarnos los detalles del ADN, o las reacciones nucleares necesaria para el nacimiento de una estrella, o la delicadeza de una flor floreciente, nos da perspectiva y un descanso.
Gracias por tu magnífica creación – y por habernos creado con todo lo existente. Por encima de todo, te agradecemos por el amor y la compasión que tienes por nosotros – el amor suficiente para darnos un papel como guardianes – y el amor suficiente para enviar a tu Hijo – en cuyo nombre oramos. Amén.
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