Estaba hablando con mi hija Emily sobre nuestras historias bíblicas favoritas. Y es curioso – muchas de las que nos vinieron a la mente tenían un toque humorístico: como cuando el burro de Balaam habla, o en El Libro de los Hechos, cuando el apóstol Pablo predica durante tanto tiempo que ¡un hombre se queda dormido y se cae por la ventana! ¡y el apóstol Pablo tiene que bajar a sanarlo! También está Jonás, mal humorado como un adolescente enojado porque le molestaba que Dios pueda perdonar a sus enemigos. Y Jesús diciéndoles a las multitudes que antes de ver la paja que está en el ojo de tu hermano primero ve la viga que está en tu propio ojo. En otras palabras: Si crees que tu prójimo tiene problemas…¡mírate al espejo, amigo!
Esto me hizo pensar en cómo el domingo posterior a la Pascua se llamaba tradicionalmente el “Domingo Radiante”. Se celebraba como un día de alegría y risas, con fiestas, pícnics y bromas para conmemorar la resurrección de Jesús. Esta costumbre tuvo su origen en los escritos de teólogos de la iglesia primitiva, como Agustín, Gregorio de Nisa y Juan Crisóstomo. Ellos señalaban que la Pascua era “la broma suprema de Dios a costa de la muerte.” De hecho, la llamaban Risus paschalis –“Risa Pascual.”
¿Por qué algunas personas tienen la impresión de que los Cristianos son siempre serios?
En el libro del Génesis (capítulo 18), Sara se rio. Y también lo había hecho Abraham anteriormente. En realidad, desconocemos el trasfondo de esa risa – si fue escepticismo, alegría, deleite, sensación e inutilidad o una combinación de todo ello; pero sí sabemos que la risa es catártica. Y no solo es una parte esencial de la condición humana, sino también de la fe.
Proverbios 17:26 dice: “Gran remedio es el corazón alegre, pero el ánimo decaído seca los huesos.”
En el Evangelio de Juan (15:11), Jesús dice a sus discípulos: “Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa.”
Oremos: Dios bondadoso, te pedimos una vez más que abras nuestros corazones a la alegría que prometiste. Y te rogamos que, aun en los momentos más oscuros, podamos reír junto a las personas de fe de todos los tiempos: la risa de la eternidad, la risa de la incredulidad transformada en fe, la risa de la muerte vencida por la resurrección y la vida nueva. Lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.
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