Hace poco escuché a Dacher Keltner contar una historia sobre Malcom Young, quien fue Decano de la Catedral de la Gracia en San Francisco. Él dijo que cuando Malcom estaba en sexto grado, él y sus compañeros de clases viajaron a Ashlnad, Oregón, donde acamparon por la noche. “Una madrugada, a las cuatro de la mañana, Malcolm se despertó y no pudo dormir. Él salió de su tienda de campaña. En el silencio de aquel momento, él quedó maravillado por los reflejos de la luz de la luna en un lago cercano. En ese instante, él se preguntó: “¿Qué podría haber creado tanta belleza?” Una belleza que él podía sentir en cualquier momento. La sintió como un regalo extraordinario de Dios…”
Me imagino que muchos de nosotros hemos tenido experiencias similares.
En el Salmo 8 leemos:
Oh Señor, Soberano Nuestro,
¡que imponentees tu nombre en toda la tierra!
¡Has puesto tu gloria sobre los cielos!
Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,
¿Qué es el hombre para que en él pienses?
Salmo 8:1, 3-4
Estos son momentos de asombro y admiración, que despiertan algo profundo en nuestro interior. El gran poeta Gerard Manley Hopkins escribió una vez:
¡Gloria a Dios por las cosas singulares.!
Todo lo contrario, original, libre, extraño…
Él engendra cuya belleza es inmutable;
¡Alábenlo!
Oremos: Te alabamos, Oh Dios, por la belleza y el regalo de tu creación, por esos momentos de trascendencia en los que sentimos que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Gloria a ti, Oh Dios. Gloria a ti. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!