Antes de la invención de la refrigeración, las personas utilizaban depósitos de hielo para conservar sus alimentos. Estos depósitos de hielo tenían paredes gruesas y sin ventanas. En invierno, bloques de hielo eran cortados de arroyos y lagos congelados, cubiertos con aserrín y luego trasladados y almacenados en el interior de dichos depósitos.
Un día, un hombre perdió un reloj muy valioso mientras trabajaba en un depósito de hielo. Buscó y buscó, examinando cuidadosamente el aserrín, pero no lo encontró. Incluso sus compañeros de trabajo buscaron, pero en vano. Sin embargo, un joven que había escuchado del dilema se escabulló al depósito de hielo, durante la hora del almuerzo, y poco después, salió con el reloj. Los trabajadores estaban sorprendidos, y preguntaron cómo lo había encontrado. El joven respondió: “Cerré la Puerta, me acerqué al aserrín y me quedé quieto. Luego, en el silencio, oí el tictac del reloj.”
Me encanta esta historia porque sirve como metáfora. Me recuerda que tantas veces en la vida queremos escuchar la voz de Dios, la guía de Dios, la dirección de Dios, pero rara vez estamos lo suficientemente quietos para oír.
Hace algún tiempo, uno de mis profesores me recordó que el primer paso hacia la paz interior es la quietud exterior.
Oremos: Dios Amoroso, anhelamos una vida sana y equilibrada. Queremos caminar por tus caminos y seguir tus pasos. A veces nos encontramos buscando respuestas, buscando algo más profundo, buscando algo más. Sabemos que estás cerca. Ayúdanos a reservar un espacio y un tiempo para simplemente estar en tu presencia y escuchar verdaderamente tu voz. Ábrenos de nuevo a tu Espíritu. Amén.
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