En los últimos días, hemos reflexionado sobre la antigua creencia Cristiana de que mostrar hospitalidad al inmigrante, al viajero, al extranjero o al forastero era una forma de experimentar la santa presencia de Dios.
Pero pensemos en la otra cara de la moneda. Si alguna vez te has sentido como un extraño, un forastero o el recién llegado, entonces sabes que puede ser inquietante – o incluso aterrador. Y si alguna vez has estado en esa situación, sabes lo poderoso que puede ser incluso el gesto más pequeño de hospitalidad.
Hace unos años, alguien de mi grupo pequeño de reunión, de los Miércoles, compartió la historia de una amiga que intentaba superar su adicción al alcohol. Él la acompañó a su primera reunión de Alcohólicos Anónimos. Claro que ella estaba asustada. Cuando llegaron, un hombre grande e imponente con rastas se acercó a ella. Le puso suavemente la mano en el hombro y le dijo: “Todo va a salir bien. Vas a estar bien.”
Jamás olvidaré mi primer trabajo como profesor de secundaria en las afueras de Carolina del Norte. Era una zona muy turística y no podía encontrar un lugar que alquilar hasta después del Día del Trabajo; pensé que tendría que vivir en mi camioneta. Una pequeña iglesia Metodista se enteró de mi situación, se pusieron en contacto conmigo y me encontraron un lugar donde quedarme. En ese momento de mi vida ni siquiera iba a la iglesia. Realmente no quería saber nada de la iglesia. Pero su grupo juvenil apareció para ayudarme con la mudanza. Me conmovió profundamente. Me cambió la vida. Un simple acto de hospitalidad.
Me pregunto cómo podríamos ser más hospitalarios con los extraños…Me pregunto cómo tú, en tu vida personal, en el trabajo, en tu iglesia, en tu vecindario, en tu rutina diaria, podrías ofrecer hospitalidad a aquellos que aún no conoces.
El Apóstol Pablo escribe a la iglesia en Roma: El amor debe ser sincero…ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad.
Oremos: Te damos gracias, Oh Dios, por tu amor. Te damos gracias por venir a nosotros cuando menos lo esperamos. Te pido que, por tu gracia, seamos instrumentos de tu misericordia, amor y paz. En el nombre de Cristo. Amén.
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