Hace muchos años, mi madre me compró un libro titulado “Viajes de Sencillez” (“Journeys of Simplicity”), de Philip Harnden, es un libro de listas recopiladas. “La mayoría de esas listas surgieron de viajes que la gente ha emprendido: de un lugar a otro, de un día a otro, del nacimiento a la muerte. Cada lista simplemente describe lo que el viajero llevaba, a menudo en una mochila, a veces en lo más profundo del ser.”
Es realmente fascinante. En estas listas se incluyen las posesiones de Thomas Merton en su ermita, Henry David Thoreau en Walden, Annie Dillard en su tienda de escribir, John Muir en su caminata de mil millas hacia el Golfo y otros.
El autor comienza el libro contando la historia de Pang Yin. Hace mil doscientos años, en China, dicho hombre, de mediana edad, cargó todas sus pertenencias en un barco y las hundió en el lago Tung-t’ing. Después de eso, se nos dice, “él vivió como una hoja.”
Harnden escribió: “Véalo allí, temprano en la mañana, flotando en el agua en el medio del lago, observando las últimas burbujas que surgen de las profundidades. El aire fresco y tranquilo. El lago brumoso y quieto como el cielo. Luego, girando, nadando hacia la orilla. “Dejándolo todo atrás.”
“Después de eso, él dedicó su vida a su familia…”
“¿Cómo sería vivir como una hoja? ¿Qué significaría hacer de la propia vida un viaje de simplicidad? ¿Un viaje de concentración e intención? ¿Un viaje de ligereza y luz?”
A menudo, durante La Cuaresma, pensamos en ayunar, en renunciar a algo para crear espacio para que Dios obre en nuestras vidas. No se trata necesariamente de ayunar sin comida, aunque algunas personas lo hacen. Otros pueden ayunar del alcohol o tecnología – o sin algo que les guste. Y en ese ayuno, cuando sienten punzadas de hambre – o punzadas de ansias – los ponen en contacto con un anhelo más profundo – un hambre más profunda – un hambre por Dios mismo.
Quizás también podríamos pensar en esto, no sólo en términos de dejar ir objetos físicos, sino también dejar ir cualquier carga que llevemos, cualquier miedo paralizante, o preocupaciones implacables, o celos, o errores pasados que nos agobian.
San Agustín observó que nuestras manos y corazones a menudo están demasiado llenos para recibir las cosas buenas que Dios nos ofrece.
Me pregunto qué podrías considerar entregar / dejar ir hoy para que tu viaje pueda ser un poco más liviano, un poco más libre y un poco más abierto a la gracia y la misericordia de Dios.
Oremos: Dios de Gracia, a veces sentimos que llevamos el peso del mundo sobre nuestros hombros. Ayúdanos a vaciar nuestros corazones y mentes mientras te entregamos nuevamente nuestras preocupaciones, nuestras ansiedades, nuestros miedos o cualquier otra cosa que pueda estar alejándonos de ti o de los demás. Concédenos tu paz; a través de Cristo nuestro Señor. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!