Ayer reflexionamos sobre el Salmo 105. Comienza:
Den gracias al Señor, invoquen su nombre;
Den a conocer sus obras entre las naciones.
Cántenle, entónenle salmos;
Hablen de todas sus maravillas.
Si leyéramos este Salmo hasta el final, nos contaría la historia de los inicios de Israel. Relata la historia desde Abraham hasta el Éxodo – la salida de Egipto – Dios llevando, Dios rescatando, Dios salvando.
Tuvimos hambre, y tú proveíste.
Fuimos oprimidos, y nos liberaste.
Tuvimos sed, y brotaste agua de la roca.
Nos llevaste con alegría y cantos.
Se cree ampliamente que fue escrito mientras la comunidad de fe vivía en el exilio en Babilonia. Este Salmo es poesía y muy bien pudo haber sido cantado o recitado en la adoración desde una época muy temprana.
Debo imaginar que hubo personas en el exilio que escucharon estas palabras – esta poesía, esta canción – y que sentían cierto grado de ansiedad. Me imagino que hubo personas preocupadas por su situación, que se preguntaban: “¿En qué clase de mundo crecerán nuestros hijos? ¿Cómo serán sus vidas?”. Me Imagino que hubo personas que anhelaban sanar: ¿Acaso este diagnóstico, esta enfermedad, este divorcio, este problema tendrán la última palabra en mi vida? ¿O existe la esperanza?
Y no puedo menos que imaginar que, cuando este Salmo era leído en voz alta o cantado por una congregación, las personas percibían su abrumador tono de alegría. Escuchaban el testimonio de la comunidad a lo largo de más de mil años. Escuchaban este poderoso recordatorio de que Dios había actuado en sus vidas en el pasado – un recordatorio de que adoramos a un Dios que rescata, que redime, que salva. Y tengo que imaginar que estas historias, estas palabras, les infundían una medida de esperanza.
Pero este Salmo hace algo más también. También les recuerda – y nos recuerda a nosotros – que tenemos este mismo poder para traer esperanza con nuestras propias palabras y con nuestras propias historias.
Den gracias…Den a conocer…Cántenle…Hablen…
Una vez más hoy, me pregunto dónde has visto la mano de Dios obrando en tu vida. Me pregunto qué historias tienes para compartir.
Oremos: Danos ojos para ver tus bendiciones por doquier, Oh Dios. Danos corazones para regocijarnos y cantar alabanzas. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!