Ayer reflexionamos sobre una visión del libro de Ezequiel. Él escribió durante una época de exilio en Babilonia, después de que la ciudad de Jerusalén había sido completamente destruida. En el capítulo 47, se nos presenta una visión de restauración y esperanza. Exequiel ve el templo restaurado, y, curiosamente, el agua brotaba por debajo del umbral.
Ezequiel está presenciando el regreso de la gloria de Dios – la presencia de Dios – al templo. Pero esta ya no se limita al templo. No puede ser contenida, ¡ni siquiera dentro de esa imponente estructura! Lo que realmente está viendo es el efecto de la gloria de Dios – el Espíritu de Dios – derramándose desde el santuario. Y por dondequiera que fluye el río, hay sanidad y la vida florece.
La imagen del agua aquí no es insignificante. En el Evangelio de Juan, Jesús dijo: “Tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida…” En otro pasaje bíblico, dice: “De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva.”
Una vez más hoy, te invito a reflexionar: ¿Dónde has visto esta agua viva obrar? ¿Cómo ha tocado este poderoso río tu propia vida, e incluso tu propia comunidad?
Oremos: Santo Dios, te damos gracias por los momentos en que hemos visto tu mano obrar en el mundo. Hoy oro para que tu Espíritu Santo continúe derramándose a través de nuestra adoración, trayendo sanidad y esperanza a aquellos que más lo necesitan. Te pedimos esto en el nombre de Jesús. Amén.
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