Hace muchos años, antes de ingresar al seminario, recuerdo haber estado en una clase de escuela dominical en la que uno de los hombres compartió, con gran profundidad, lo doloroso que había sido su divorcio y lo destrozado que se sentía. Relató que, en una ocasión, mientras discutía con su esposa, pronunció unas palabras verdaderamente terribles. En el instante en que las palabras salieron de su boca, ella rompió a llorar. Él dijo: “Sé que no puedo salvar mi matrimonio, pero daría cualquier cosa por poder retirar esas palabras.”
Creo que todos hemos tenido esos momentos en los que desearíamos poder empezar de nuevo…hacer algo de manera diferente…deshacer algo que hicimos…Creo que todos hemos tenido momentos en los que nos damos cuenta que, en cierto sentido, no somos plenos. Estamos rotos.
Ayer reflexionamos sobre la oración de David en el Salmo 51, en la que él pide perdón: “Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor…Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado…Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu.”
En la iglesia donde serví por última vez, contratamos a una directora para los ministerios de la niñez y la juventud. Ella creció en el entorno de una iglesia bautista afroamericana, por lo que nuestro orden de oración Presbiteriano le resultaba novedoso. Recuerdo que ella me preguntó acerca de la oración de confesión: “¿Por qué incluimos una oración de confesión cada semana en el servicio religioso? ¿Cuál es el sentido de esto?
En cierto modo, esto sirvió para despejar el ambiente. En la adoración, somos conducidos a la presencia misma de Dios, y esta es una forma de abrirnos…Te necesitamos, Oh Dios…Observamos el mundo que nos rodea y necesitamos tu gracia…Observamos el mundo que llevamos dentro y necesitamos tu gracia…
Semana tras semana, nombramos esto. Y semana tras semana, escuchamos una promesa de perdón, una promesa de gracia. Y semana tras semana, se nos encomienda salir y vivir de una manera distinta.
San Agustín escribió una vez: “No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro.”
Una vez más, hay algo liberador en poder ser sinceros, en abrir nuestros corazones y nuestras vidas ante Dios. A menudo, es el primer paso hacia la sanidad en las relaciones. Y es, además, el primer paso hacia el crecimiento espiritual.
Oremos: Dios bondadoso, no somos perfectos. Hemos cometido errores. No tenemos nuestras vidas en perfecto orden. Por eso te necesitamos. Necesitamos que nos ayudes a soltar el pasado y a comenzar de nuevo de otra manera. Te damos gracias por tu gracia. Te damos gracias por tu perdón. Te damos gracias por tu amor; por medio de Jesucristo. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!