Hay una vieja historia sobre una joven a punto de casarse. Ella estaba sentada con su madre y le dijo: “No puedo casarme con él, Madre. Él es ateo y no cree que haya un infierno.” Su madre respondió: “No te preocupes, querida. Cásate con él, y entre las dos, estoy segura de que podremos convencerlo.”
El infierno no es solo un lugar al que van las personas cuando mueren, ¿verdad que no? No, podemos experimentar el infierno aquí en la tierra – cuando nos sentimos solos, preocupados, desconsolados o estresados.
Por otro lado, creo que experimentamos el sabor del cielo en la comunidad - alrededor del comedor u otros lugares donde compartimos profundamente con los demás: con la familia, los amigos e incluso con desconocidos. Todos tenemos una necesidad interna de ser escuchados, reconocidos y amados.
Precisamente por eso mi hija de 20 años habla por teléfono con sus amigas durante horas. Y cuando cuelga, ella comienza a enviarles mensajes de texto. Es por eso por lo que los lugares como las cafeterías y el bar de la esquina son tan populares. Es por eso por lo que todos necesitamos un amigo. Es por eso por lo que anhelamos tener a alguien con quien compartir nuestras alegrías más profundas y nuestras más profundas angustias. Cuando eso falta, sufrimos aún más.
Cuando las personas pueden unirse y sentirse conectadas comienzan a sentirse revividas. El cielo, en este sentido, es el antídoto contra el infierno.
Mi oración para cada uno de ustedes hoy es que cultiven una comunidad sana en sus propias vidas. Hazlo una prioridad. Estén dispuestos a ser vulnerables, a afrontar desafíos, a ser amados y a ser comprendidos.
Oremos: Dios amoroso, hoy recordamos que nos creaste para vivir en comunidad. Danos la gracia y el valor que necesitamos para involucrarnos en las vidas de los demás – porque recordamos que siempre es en dar en que recibimos. Amén.
¡Por favor siéntanse libres en compartir este mensaje con familiares y amigos!