Adoración 

November 3, 2026

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 En el libro de Éxodo, capítulo 16:9-15, los israelitas se quejaban de la falta de comida en el desierto. Anhelaban regresar a Egipto – olvidando tal vez que fue allí donde estuvieron esclavizados.

 Resulta sorprendente cómo su ansiedad distorsiona por completo el recuerdo del pasado reciente. Se sabía que Egipto era un lugar de abusos atroces y una opresión implacable. Es casi como si hubieran olvidado – no solo la esclavitud, sino también a Aquel que los guiaba, a Aquel que había abierto las aguas del Mar Rojo y que estaba con ellos incluso en el desierto.

 En el versículo 9, vemos que el sacerdote Aarón hace lo que hacen los sacerdotes: él invita a toda la comunidad israelita que se acerque al Señor – lo cual equivale a decir que los invita a reunirse en adoración. Al hacerlo, las Sagradas Escrituras señalan que volvieron la mirada hacia el desierto. Si volvieron sus rostros hacia el desierto, significa que tuvieron que apartarlos de Egipto. Así pues, dejaron de centrarse en el pasado. Se apartaron de una cultura que valoraba la productividad por encima del alma. Se alejaron de un lugar que anteponía sus capacidades físicas a su humanidad compartida.

 Cuando, en cambio, dirigieron la mirada hacia el desierto, no vieron un lugar vacío y mortífero, como habían imaginado, sino que contemplaron la gloria de Dios. “Shekina” es el término hebreo, y este sugiere una presencia majestuosa y maravillosa.

 Luego, más allá de la gloria, los israelitas descubrieron que existía la providencia: el maná.

 Es este sencillo acto de adoración, no solo sus ojos, sino sus propios corazones se transforman. Ven lo que no esperaban ver. Ven provisión, belleza y gloria.

 ¿No es eso lo que hace la adoración – ya sea que la realicemos en línea o en persona?

 Piénsalo. ¿En qué otro momento de la vida nos detenemos para reenfocar nuestra existencia? ¿En qué otro lugar nos detenemos para recordar a quién pertenecemos? ¿En qué otro momento somos capaces de reconocer con honestidad la realidad del mundo que nos rodea – sí, hay mucho quebrantamiento, mucho dolor, sufrimiento, hambre y desolación – y, aun así, afirmar que estamos aquí para adorar, porque no creemos que el sufrimiento tenga la última palabra?

 Oremos: Dios amoroso, te ofrecemos de nuevo todo nuestro ser. En nuestra adoración, tanto personal como comunitaria, toma nuestros corazones, nuestra culpa, nuestra vergüenza, nuestras preocupaciones, nuestra ansiedad, nuestra alegría, nuestra alabanza, nuestras vidas. Y llénanos de sanación, de sentido, de esperanza…de maná, del Pan de Vida. Por medio de Cristo, nuestro Señor. Amén.

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